Testimonio de antiguos alumnos
Stéphane Query
He tenido suerte de viajar con mis padres desde pequeño, casi di la vuelta al mundo yendo hasta la Polinesia Francesa. Pero para mí, el avión siempre era un infierno, mi problema era la claustrofobia.
Al montarme en el avión, en un vuelo de casi 36 horas para ir hasta la Polinesia, tenía como misión identificar a la azafata encargada de cerrar la puerta. Cuando daba con ella, no le quitaba ojo.
Cuando cerraba la puerta, empezaba a tener temblores por todo el cuerpo, las manos me sudaban, estaba tenso y sentía como mi corazón iba a explotar. Entonces tenía que abrir todas las bocas de ventilación disponibles. Hacía el viaje esperando la muerte, sin oxígeno, sin poder escaparme de ese avión.
Mi claustrofobia fue en aumento, hasta el punto de que tenía miedo a ir al lavabo dentro del avión, tenía miedo a no poder salir de allí. Un día, en un vuelo Atenas-Ginebra, no me levanté en las 3 horas de trayecto, y aun necesitando ir al lavabo, esperé hasta llegar al destino.
No podía seguir así, sobre todo porque esta claustrofobia se extendía a otros campos, túneles, ascensores, trenes….
Un día, estando en un refugio de montaña, leí un recorte de periódico mencionando el curso, a mi vuelta a casa llamé a la profesora e hice el curso tres semanas después.
Este curso me salvó la vida. Hice el vuelo del curso hasta Londres y no sentí ningún miedo a no poder respirar, ningún miedo a quedarme en el avión sin poder salir.
Pero me salvó la vida porque pude volar inmediatamente después del curso. Fui a París, Marruecos y varias veces a España, donde tengo a mi familia. El año pasado estuve en Canadá y en la isla de la Martinica. También desapareció mi miedo a los túneles y a los trenes.
Ahora, volar es un verdadero placer, tanto que ayudo a los que tienen miedo al avión.
Para mí, ahora el avión no es el final, sino un medio para ir a donde quiera, sin miedo, con una libertad que nunca antes había sentido.
Al montarme en el avión, en un vuelo de casi 36 horas para ir hasta la Polinesia, tenía como misión identificar a la azafata encargada de cerrar la puerta. Cuando daba con ella, no le quitaba ojo.
Cuando cerraba la puerta, empezaba a tener temblores por todo el cuerpo, las manos me sudaban, estaba tenso y sentía como mi corazón iba a explotar. Entonces tenía que abrir todas las bocas de ventilación disponibles. Hacía el viaje esperando la muerte, sin oxígeno, sin poder escaparme de ese avión.
Mi claustrofobia fue en aumento, hasta el punto de que tenía miedo a ir al lavabo dentro del avión, tenía miedo a no poder salir de allí. Un día, en un vuelo Atenas-Ginebra, no me levanté en las 3 horas de trayecto, y aun necesitando ir al lavabo, esperé hasta llegar al destino.
No podía seguir así, sobre todo porque esta claustrofobia se extendía a otros campos, túneles, ascensores, trenes….
Un día, estando en un refugio de montaña, leí un recorte de periódico mencionando el curso, a mi vuelta a casa llamé a la profesora e hice el curso tres semanas después.
Este curso me salvó la vida. Hice el vuelo del curso hasta Londres y no sentí ningún miedo a no poder respirar, ningún miedo a quedarme en el avión sin poder salir.
Pero me salvó la vida porque pude volar inmediatamente después del curso. Fui a París, Marruecos y varias veces a España, donde tengo a mi familia. El año pasado estuve en Canadá y en la isla de la Martinica. También desapareció mi miedo a los túneles y a los trenes.
Ahora, volar es un verdadero placer, tanto que ayudo a los que tienen miedo al avión.
Para mí, ahora el avión no es el final, sino un medio para ir a donde quiera, sin miedo, con una libertad que nunca antes había sentido.
Stéphane Query, Genève
Anne-France, junio 2008
La última vez que cogí el avión antes de hacer el curso, fue hace 19 años.
Ya había volado sin miedo, pero un día a la salida de un vuelo para Londres, en el momento en que la azafata cerró la puerta, una subida de pánico me invadió. No me lo esperaba, estaba, entonces, totalmente indefensa frente a ese miedo. Volví a volar desde entonces pero estaba muy tensa, entonces evité hacerlo. No pasa nada, podemos vivir muy bien sin volar ¿no?
El problema es que este miedo se instaló en varios campos de mi vida, estrechando cada vez mas mi campo de acción. Hasta ese día en que, no pudiendo mas, teniendo el sentimiento de ahogo, cogí la decisión de hacer el curso.
La toma de contacto con la instructora, la confirmación de la inscripción del curso, fueron etapas difíciles de franquear, el miedo me encogía el estómago a cada paso que daba. Pero cada vez me decía, si no estoy bien, no volaré, entonces continué avanzando, aunque a duras penas. Hasta el famoso día del curso.
Un ambiente genial, el piloto transmitía confianza,¡ lo conseguiré! Hasta el momento de la visita del avión…Sentada en mi asiento, me imaginé en el cielo, veía las nubes y ahí, pánico, no, no lo conseguiré! Este miedo es demasiado potente, demasiado espantoso, no tendré la fuerza de afrontarlo, ¡es incontrolable!
Desde ahí, oscilaba entre, el desafío tan importante de ese vuelo, el impacto que tendría sobre toda mi vida, las esperanzas que había puesto en él, y el sentimiento de impotencia frente a ese miedo.
Tuve que aceptar afrontar mi miedo y también encontrarme ahí arriba, pero no estaba sola para hacerlo, el curso nos da las herramientas fiables para controlar nuestro miedo. Los monitores están con nosotros en todo momento para tranquilizarnos, animarnos, acompañarnos.
Mi miedo, que yo creía indomable, ha sido amaestrado con las diferentes técnicas que aprendemos en el curso: respiración, conocimiento de los diferentes ruidos, confianza en la técnica y apoyo de los monitores y de todo el equipo.
Lo más difícil finalmente no fue volar, sino tomar la decisión de quedarme dentro del avión. ¡¡Lo conseguí!!
Próxima etapa, realizar mis sueños: Cuidades Europeas, y…. Nepal, Alaska….¡¡un poco por todos los sitios de nuestro pequeño planeta!!
El problema es que este miedo se instaló en varios campos de mi vida, estrechando cada vez mas mi campo de acción. Hasta ese día en que, no pudiendo mas, teniendo el sentimiento de ahogo, cogí la decisión de hacer el curso.
La toma de contacto con la instructora, la confirmación de la inscripción del curso, fueron etapas difíciles de franquear, el miedo me encogía el estómago a cada paso que daba. Pero cada vez me decía, si no estoy bien, no volaré, entonces continué avanzando, aunque a duras penas. Hasta el famoso día del curso.
Un ambiente genial, el piloto transmitía confianza,¡ lo conseguiré! Hasta el momento de la visita del avión…Sentada en mi asiento, me imaginé en el cielo, veía las nubes y ahí, pánico, no, no lo conseguiré! Este miedo es demasiado potente, demasiado espantoso, no tendré la fuerza de afrontarlo, ¡es incontrolable!
Desde ahí, oscilaba entre, el desafío tan importante de ese vuelo, el impacto que tendría sobre toda mi vida, las esperanzas que había puesto en él, y el sentimiento de impotencia frente a ese miedo.
Tuve que aceptar afrontar mi miedo y también encontrarme ahí arriba, pero no estaba sola para hacerlo, el curso nos da las herramientas fiables para controlar nuestro miedo. Los monitores están con nosotros en todo momento para tranquilizarnos, animarnos, acompañarnos.
Mi miedo, que yo creía indomable, ha sido amaestrado con las diferentes técnicas que aprendemos en el curso: respiración, conocimiento de los diferentes ruidos, confianza en la técnica y apoyo de los monitores y de todo el equipo.
Lo más difícil finalmente no fue volar, sino tomar la decisión de quedarme dentro del avión. ¡¡Lo conseguí!!
Próxima etapa, realizar mis sueños: Cuidades Europeas, y…. Nepal, Alaska….¡¡un poco por todos los sitios de nuestro pequeño planeta!!
Anne- France Rey.